Dies irae

Sucedió en Los Balcanes

Aquella fue el primer "reality war". La primera guerra que pudimos seguir en directo cómo resistían los croatas casa por casa ante el avance del ejército yugoslavo en Vokovar; el asedio de Sarajevo, los devastadores efectos de las granadas de mortero y la rutina de los muchos francotiradores que sembraron de muerte sus calles; la destrucción del puente de Mostar, otrora símbolo de unión culturas; y, como no, del indiscriminado bombardeo de Belgrado por parte de la OTAN. Nos lo contaron tipos intrépidos como Pérez-Reverte y Jon Sistiaga, entre otros muchos que allí se jugaron el pellejo. Atrincherados tras nuestros sofás fuimos testigos de cómo se mataban entre antiguos vecinos, compañeros de clase, amigos de la infancia e incluso familiares. Y todo ello sucedió hace apenas veinte años, a pocas horas de vuelo desde cualquier gran capital europea. Sucedió en Los Balcanes, ese lugar en el que se ha derramado sangre desde que el mundo es mundo, o mejor dicho, desde que los humanos nos convertimos en la especie dominante de este planeta. 

Y debo reconocer que fue un conflicto que me dejó marcado. 

Durante aquellos primeros años de los noventa yo estudiaba Geografía e Historia en la Universidad de Valladolid -casi gratis, por cierto- y, entre otras cosas, profundizábamos en la naturaleza de los conflictos bélicos que se habían ganado el derecho de tener un espacio en los libros. 

Y debo reconocer que me encantaba esa parte de la Historia. 

Desde las guerras púnicas hasta la Segunda Guerra Mundial pasando por nuestra Guerra Civil. Repitiendo la misma estructura: precedentes, desarrollo y desenlace. Devoraba todo lo que caía en mis manos sobre las grandes batallas, victorias, héroes y hazañas memorables; consumía cualquier documental de guerra que emitieran por la televisión, cuando en la televisión todavía podía verse. 

Y debo reconocer que estaba enganchado a ese opiáceo que es la guerra. 

Pero fue precisamente uno de aquellos documentales, o quizá fuera un reportaje, no recuerdo, lo que me hizo cambiar la forma de consumirlo. Entonces, las grandes batallas se convirtieron en grandes masacres, las victorias en derrotas, los héroes en villanos y las hazañas memorables en actos de cobardía. Sucedió en Los Balcanes. Desperté. 

Lo he buscado en Internet muchas veces, y tuve la esperanza de encontrármelo durante el proceso de documentación para Dies irae, pero lamentablemente no lo he vuelto a ver. Sin embargo, lo tengo grabado en mi retina y me resulta asquerosamente sencillo relatarlo: Un anciano contaba a la cámara en un plano corto como esa misma mañana los paramilitares serbios habían entrado en su pueblo y se habían llevado a los pocos hombres que quedaban, las mujeres y los niños. Los reunieron a todos en la plaza y los colocaron en fila. El viejo apenas podía tragar saliva rememorando como aquel chetnik de barba que portaba un mazo se colocó a la espalda de sus vecinos y uno tras otro fue golpeando con sistemática precisión. Un golpe, un enemigo menos. Recuerdo perfectamente que, mientras lo contaba con voz entrecortada y temblorosa, el anciano apenas podía emular el mortal movimiento a dos manos de aquel asesino pero sí lograba imitar una y otra vez el crujido de los cráneos. El anciano pudo contarlo porque estaba enfermo y no se atrevieron a sacarlo de la cama. Les dió asco. Aquel desafortunado vio como asesinaban a su hija y a sus dos nietos desde su ventana, y al final del vídeo no dejaba de preguntarse por qué su dios le había condenado a seguir viviendo.

Como aquel atroz episodio ocurrieron otros de similar calado, lo único que cambiaba era la nacionalidad de los ejecutores y de las víctimas. Y hubo muchos; demasiados, casi todos olvidados. Pero fue ese en concreto, ese, que retengo en mi memoria, ese, que visualizo cada vez que mencionan una guerra, ese, que me hizo reaccionar. Y si desperté no fue por la atrocidad de las imágenes, sino porque aquello estaba ocurriendo en aquel preciso momento, mientras yo veía documentales. Y disfrutaba. Sucedió en Los Balcanes. 

Años después me vi escribiendo una historia de ficción en la que uno de sus protagonistas llega a convertirse en un asesino en serie. Otro de ellos trata de entenderlos y los persigue, y no hablo del inspector Ramiro Sancho, hablo de ese que afirma que: «No hay peor asesino en serie que aquel que se siente legitimado por una bandera». Hablo de Armando Lopategui, «Carapocha» y de uno de los genocidas más crueles: Ratko Mladic. En Dies irae he tratado de aportar mi granito de arena contra el peor y el más falso de los antídotos: el olvido. 

Sí, en el conflicto de Los Balcanes hubo muchos asesinos en serie: militares, políticos, panaderos, conductores de autobuses, maestros, bibliotecarios, escritores y deportistas. Cientos, y no es baladí, este listado es prueba de ello. 

Cuando la cultura ajena se percibe como una amenaza la solución pasa por la confrontación. Quizá nos suene. 

Visité Zagrev en 1997 y Belgrado en el 2012 y si algo me impresionó fue constatar que en Los Balcanes disfrutan de cada día como si fuera el último. Eso se llama adaptación al medio. Hoy vemos como el mundo árabe se desangra en la sempiterna discusión sobre el sucesor de El Profeta. 

Me pregunto el motivo por el que moriremos y mataremos mañana.

¿O puede que despertemos?

Despierta. (pincha y consumir)