Dies irae

Una deuda pendiente.

Llegué a Trieste el 12 de octubre de 1997, con una beca Erasmus bajo el brazo y con menos de diez palabras de italiano en el paladar. 

Pocos días antes, en un pub de Valladolid, me encontré con una compañera que, entre copas, me contó que se iba a estudiar a Trieste, y que una conocida había rechazado su plaza a última hora. Cuando cerraron, me dirigí con nocturnidad y alevosía al Negociado de la Universidad y solicité esa plaza. Luego me fui a dormir, y creo que en aquel sueño diluí aquel pasaje hasta que, jornadas después, recibí una llamada en la que una señorita me confirmó que me habían adjudicado la plaza. 

–¿Qué plaza? –recuerdo que respondí.

Eso fue un miércoles y ese domingo cogía el vuelo. La cara de mis padres reflejaba una extraña mezcla de confusión y alivio. Casi no tuve tiempo de despedirme de nadie y antes de poder preguntar qué coño había hecho, estaba buscando la vía del Toro, 11 en Trieste. Quince años después, el destino haría que Augusto Ledesma se alojara en esa misma vivienda durante su estancia en Trieste.

La ciudad me envolvió en los primeros días. Puede que fuera por su maravillosa arquitectura neoclásica, por el olor del Adriático, la fuerza de bora o por la excentricidad de sus habitantes; puede. O quizá fuera por esa morena de pelo largo y rostro afilado de quién me enamoré como un idiota; esa que era de Valladolid pero no había visto en mi vida; esa que estudiaba económicas y no me hacía ni puto caso; puede. Lo cierto fue que Trieste se metió dentro de mi, como ya le pasara a Joyce, y yo no opuse resistencia alguna, todo lo contrario. Me empeñé en conocer sus rincones, en conectar con su gente, e incluso de aprender triestino gracias a le canzione di Osteria di Lorenzo Pilat. Tanto hice que hasta me hice goliardo, algo parecido a la tuna, pero sin instrumentos. Y también fui a la Universidad. 

Creo que fue el mejor año de mi vida, por lo menos del año del que guardo recuerdos más intensos. Y mucha culpa de ello la tuvo Olga, esa morena de rostro afilado de quién me enamoré como un idiota; esa que era de Valladolid pero no había visto en mi vida; esa que estudiaba económicas y que, sin entender muy bien por qué, terminó besándome. Hace poco celebramos nuestro duodécimo aniversario, y nuestro hijo Hugo ha cumplido ya los siete, el tío.

Tenía una deuda con Trieste, una cuenta pendiente impagable, pero en cuanto he podido le he devuelto una parte, porque ser escenario de una de mis novelas es formar parte de mí. 

Trieste mia.