Entrevista en El buscalibros

Hablando del presente y futuro de mis novelas.

Hace cinco años abandonó su ciudad, Valladolid, para seguir la trayectoria profesional de su mujer, primero a Madrid y después a Buenos Aires, dejando atrás su propia carrera y apostándolo todo a un sueño: ser escritor. Y lo que podría haber acabado en un interesante espécimen de amo de casa que escribe a ratos (argumento suficiente para una comedia televisiva) ha desembocado en seis novelas negras agrupadas en dos trilogías interrumpidas (pero menos) por una sorprendente novela de ciencia ficción, varios premios y una escandalosa colección de cinco estrellas en Amazon.

A lo largo de su obra ha abordado el asesinato en serie, la guerra de los Balcanes, el secuestro, la trata de personas, el espionaje, el terrorismo irlandés y vasco, la masonería y el imparable desarrollo tecnológico que nos acercan, a gran velocidad, a un futuro que no se adivina muy amable.

Teniendo en cuenta que sus libros rondan las seiscientas páginas, ¿cuánto estaba ya en su cabeza? O, dicho de otro modo, cuando se lanzó a la aventura ¿ya tenía escrita la primera trilogía?

No, en absoluto. Cuando me lancé a aporrear el teclado lo único que quería era poner en papel una historia con la que trataba de combatir mis noches de insomnio. No recuerdo el momento en el que decidí estructurar la trama en una trilogía, ni siquiera si fue una decisión o fue fruto de la improvisación. Creo que es irrelevante.

¿Cómo se pasa de ser un chico de Valladolid dedicado al marketing al aplauso y reconocimiento de crítica y público?

Trabajando muchas horas delante de una máquina aburrida y fría que no te dice nada y a la que todo se lo tienes que contar tú. El resto es cuestión de veces.

La trilogía «Versos, canciones y trocitos de carne» ha sido calificada como narrativa audiovisual, e incluso hay quien califica su estilo como «género Gellida», una suerte de novela negra en la que se combinan con habilidad el diseño de los personajes, la ambientación, la acción y el modo en el que, como si se tratase de una película, va girando la cámara para narrar la historia desde diferentes puntos de vista. ¿Es así como escribe, imaginando las escenas, viéndolas en su cabeza antes de plasmarlas en el papel?

Absolutamente. No tengo más secretos que ese: visualizar la escena una y otra vez hasta que la tengo clara, y solo entonces la plasmo en el papel jugando con recursos que van más allá de lo literario, como el uso de los distintos enfoques, las voces, tiempos verbales, la música…

¿Cuánto aporta la música a sus novelas y cómo establece la relación entre el relato y ella?

Allí donde no llegan las palabras utilizo la música como vehículo de transmisión de emociones hacia el lector. Junto con la poesía, no creo que exista uno más potente que la música.

¿Escribe con música de fondo?

No, nunca. El único ruido de fondo que me acompaña es el del motor de mi secador, permanentemente encendido y que me sirve para aislarme del exterior.

¿Y utiliza el ordenador o es de la escuela de escritores manuales?

Siempre el teclado. El papel y boli solo para tomar notas... y poco dado, que es más habitual que tenga el móvil en la mano que un objeto con el que escribir más una superficie transportable sobre la que hacerlo.

Tras la primera trilogía, dio un giro inesperado y se lanzó a escribir Khimera, una distopía sobre un futuro lo suficientemente cercano para resultar, además de creíble, tremendamente inquietante. ¿Cómo fue el trabajo de documentación para montar toda esta, esperemos,fantasía?

Hasta ahora, y con diferencia, el proceso más tedioso por el que he pasado desde el punto de vista documental. Sin embargo, me ha servido para escribir Konets, la novela que se publicará este noviembre y que funciona como precuela y secuela de Khimera al tiempo que ambas conforman el engranaje que une ambas trilogías. Mucha gente lo desconoce, pero KhimeraKonets forman parte de este universo.

En 2016 presenta «Refranes, canciones y restos de sangre», que inicia con Sarna con gusto, seguida de Cuchillo de palo y recientemente finalizada con A grandes males, donde retoma a muchos de los protagonistas de la primera trilogía, atreviéndose a combinar el género negro con tramas conspiranoicas y con lo que puede ser peor: las logias masónicas. ¿No le pareció un salto muy arriesgado?

Sí, esa era la pretensión desde el principio. Quería salirme de la estética del asesinato como eje transversal de la novela negrocriminal y, desde luego, no es nada sencillo. En esta trilogía se afrontan otros delitos como el secuestro, la trata de personas y el crimen organizado, ingredientes que aportan un sabor distinto a la ortodoxia del género.

A lo largo de estos años hemos conocido y amado u odiado a personajes como Augusto Ledesma, Carapocha, Ramiro Sancho, Ólafur Olafsson o Erika Lopategui… Aunque imagino que le será difícil elegir, ¿cuál es su favorito o favorita?

Si tuviera que decantarme por alguno lo haría por Carapocha, el más complejo de todos, el más poliédrico y difícil de descifrar.

¿Y de dónde salen? ¿Cuánto hay de usted en cada uno de sus personajes?

Son fruto de la interpretación. Primero los dibujo en mi cabeza y los doto de alma, tienen que existir en mi universo literario o de otra forma terminan difuminándose en el papel. Todos llevan parte de mi ADN, forman parte de mí y yo de ellos.

Mantiene una completísima y actualizada página web y es muy activo en redes sociales. ¿Cómo entiende la relación con sus lectores?

Hay dos opciones: estar o no estar. Si uno decide estar presente en las redes sociales tiene que aceptar las normas e interactuar con los lectores. En mi caso, es algo que me gusta, aunque bien es cierto que consume un tiempo diario que uno nunca sabe cómo valorar.

¿Qué valor le otorga a la crítica informal, ya sea a través de los comentarios en Amazon o mediante blogs como El Buscalibros?

La crítica es consustancial al oficio. Puedes admitirla o no, pero siempre está ahí. Yo le presto mucha atención porque es la forma de recibir el feedback de los lectores, los blogs literarios, la prensa.

Desde Khimera los lanzamientos de sus libros se acompañan de teasers y booktrailers, lo que, unido a las sinopsis, ¿no cree que proporciona un exceso de información a los posibles lectores, o piensa que los lectores del siglo XXI precisan la imagen como aperitivo antes de sumergirse en un mundo que deberán dibujar siguiendo sus instrucciones?

Es una forma de generar expectativa entre los lectores para que, cuando se publique la novela, se decanten por la tuya. A esto jugamos todos los que nos tenemos que pelear el espacio en el punto de venta y, bajo mi punto de vista, el formato audiovisual tiene muchas más ventajas que inconvenientes.

Antes nos ha mencionado Konets, el enlace entre todas las novelas. Cuando todo haya sido consumado ¿qué podemos esperar de César Pérez Gellida?

Ya estoy trabajando en ello, pero, contrariamente a lo que es mi costumbre, no voy a contar nada hasta que se aproxime la fecha de lanzamiento, en noviembre de 2018.

Acabo de disfrutar la adaptación cinematográfica de El guardián invisible, de Dolores Redondo, quien por cierto prologa A grandes males. ¿Podemos esperar que suceda lo mismo con sus novelas?

Sí, seguramente sí, pero es un camino complicado que no se puede recorrer con la prisa ni la ansiedad como compañeras de viaje. Llegará, pero no sé cuándo.

Y, si así fuese y pudiese elegir, ¿quién le gustaría que encarnase a Erika Lopategui? ¿Tendríamos que estar pendientes de sus cameos?

Eso lo decide la productora, pero, si pudiera elegir, me gusta mucho Aura Garrido. Y sí, por supuesto, yo trataré de cumplir con mis cameos, otra cosa es que me lo permitan.

¿Es tan pesimista sobre el mundo que vamos a dejar a nuestros hijos como lo son sus novelas? ¿Puede vencer el bien o, al menos, mantener este equilibrio inestable en el que aún caben unas risas con buena música?

Pues tal y como nos empeñamos en demostrar día a día, la dirección que ha tomado el mundo no creo que sea la más conveniente. Dicho esto, yo trato de ser feliz y hacer feliz a mi entorno porque esa es mi obligación.

 
 

Y después de ponernos tan trascendentales, vamos a lo realmente importante...

¿Vino o cerveza?

Ambas son absolutamente compatibles y complementarias en su justa desmedida.

¿Fútbol o rugby?

Rugby siempre, fútbol a veces.

¿Calcetines lisos o con dibujos?

No sabía que había calcetines con dibujos.

¿Mate o café?

Café de forma individual, mate en lo colectivo.

¿Spotify o vinilos?

Spotify.

¿Una autora?

Dolores Redondo.

¿Un libro?

Sesenta kilos, de Ramón Palomar.

¿Cuántas pulsaciones tiene por minuto?

Depende de la actividad que esté realizando. En reposo nunca me las he medido, creo.

¿Le gusta lo de calvo o es un modo de asumirlo con elegancia?

En su día fui calvo por elección, hoy diría que lo soy por obligación, pero sí, es una estética que a mí me gusta.


Fotografías de Carlos de Francisco.