Reportaje en El Mundo diario de Valladolid

La impunidad es el alimento de la corrupción

«A esas alturas, colgado por los pies de la viga maestra, maniatado y amordazado tenía la certeza de que iba a morir». Así arranca Cuchillo de palo, la segunda entrega de la trilogía ‘Refranes, canciones y rastros de sangre’ y el «sexto hijo de papel y de tinta» del escritor vallisoletano César Pérez Gellida que llegará a las librerías este jueves 6 de octubre. Lo hará seis meses después del alumbramiento de Sarna con gusto, la primera entrega de esta trilogía.

Aunque reconoce que le cuesta mucho etiquetar sus novelas, el ‘Género Gellida’ continúa latente en este thriller de estructura original y novedosa con el que espera «sorprender a los lectores».
La violencia sigue estando presente en esta nueva entrega pero no es el ingrediente principal de la trama. Así, mientras Gellida sostiene que Sarna con gusto «es la novela más negra que he escrito hasta la fecha», Cuchillo de palo es «la más psicológica, la de carga sensorial más intensa y la más retorcida».

Es, sin duda alguna, la novela del pelirrojo inspector Ramiro Sancho tras el agónico final de sus últimas aventuras, de ese castellano austero y seco que maneja con soltura el refranero español, como si de un Sancho Panza del siglo XXI se tratara, pero con el ímpetu de Don Quijote. 
Editado por Suma de Letras, Cuchillo de palo se adentra en los infiernos más profundos del personaje predilecto del imaginario de Gellida para merodear por los escombros de la miseria tanto personal como profesionalmente. «Es la novela en la que mejor he conseguido meterme en la piel de Sancho», avanza el autor.

Un nuevo Ramiro Sancho que se asoma desde las 500 páginas de este libro muy diferente al de entregas anteriores, «como consecuencia de la pesada mochila que arrastra tras la resolución de los casos de Augusto Ledesma y del secuestro de Margarita». Apartado del Cuerpo de Policía, el inspector se refugiará en la comarca pontevedresa de Val Miño, «el lugar más recóndito que consigue encontrar y en el que decide entregarse a los placeres que ha tenido siempre bajo llave. Aquí naufragará en un sórdido ambiente de prostitución y se verá atrapado en una red de trata de personas que le va a arrastrar hasta lo más profundo sin que parezca que pueda librarse de ella».

En esta ocasión, Valladolid no será el escenario principal como ocurría en sus anteriores libros, y aunque aparecerá en algunos capítulos, la acción discurrirá entre Pontevedra, Budapest y Benin City. En esta ciudad nigeriana, Gellida buceará en los entresijos de la mafia, «una de las menos conocidas por su hermetismo y por la violencia. El lector entenderá muy bien la crueldad con la que opera, cómo capta a sus víctimas, cómo las extorsionan exprimiendo al máximo el miedo al vudú y las amenazas contra sus familiares y la violencia con la que actúan si te enfrentas a ellos».

Pero no será la única trama. Paralelamente a esta historia, el autor retoma la línea argumental que ya esbozó en Sarna persiguiendo a la poderosa organización criminal ‘La Congregación de los Hombres Puros’. Nuevamente aparecerán personajes tan gedillistas como Erika Lopategui y Ólafur Olafsson.

Ritmo elevado, giros argumentales, sucesos inesperados y escenas con mucha tensión no exentas de sexo y con uno de los sellos de identidad de este escritor: la música. Por sus páginas ‘sonarán’ Radio Futura, Rosendo, Oasis, Standstill, Radiohead, Izal, Toy Dolls, Thin Lizzy, The Doors, Fito & Fitipaldis o Héroes del Silencio.

Afincado desde hace poco más de un año en Buenos Aires, no puede, ni quiere, renunciar a sus raíces. Viajará a Valladolid en diciembre para presentar esta novela y, a pesar de la distancia, confiesa seguir con interés las noticias que se producen en España «aunque cada vez lo hago con mayor indignación». «Es lamentable ver el triste espectáculo con el que nos está obsequiando nuestra clase política y que no parece que tenga fecha de caducidad. Pero lo peor es que nosotros, desde la grada, no hacemos otra cosa que aplaudir o abuchear, cuando lo que habría que hacer es subirse al escenario, parar la función y cambiar a los actores de este maldito vodevil», dice.
«No parece que los delincuentes de traje y corbata vayan a recibir el castigo que merecen. La impunidad es el alimento de la corrupción», denuncia.