Reseña de Memento mori en "La Caverna literaria"

"Merece la pena detener el discurso y escuchar qué suena en la cabeza del protagonista para las reducidas coordenadas de su siniestro cosmos. El resultado es indescriptible"

Quién más, quién menos, todos tienen a estas alturas una opinión bien formada sobre la trilogía Versos, canciones y trocitos de carne, de César Pérez Gellida.Memento mori irrumpió en el mercado editorial a principios de 2013 con el propósito de hacerse un hueco dentro de la novela negra patria. Pronto comenzaron a publicarse las primeras reseñas de unos entusiastas lectores que invitaban encarecidamente a la lectura de la ópera prima del escritor vallisoletano. La buena acogida del volumen se afianzó con la llegada de las restantes entregas, Dies irae y Consummatum est, convirtiendo los crímenes de Augusto Ledesma en los más leídos de la narrativa española. Memento mori, punto de partida para esta terna, propone un viaje iniciático a través de las macabras muertes que tienen lugar en Valladolid, en un frenético recorrido que marcará un constante pulso entre policía y sociópata.
 
Memento mori inicia la aventura in medias res, justo cuando se está cometiendo uno de los asesinatos. Pocas pistas se dan en estos párrafos, que sólo persiguen captar irremediablemente al lector. La muerte recogida en estas páginas tiene lugar el 31 de octubre de 2010, pero la acción pronto se retrotrae al 12 de septiembre de ese mismo año. Es aquí donde en realidad principian los hechos, así como la investigación de Ramiro Sancho, inspector de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid —ciudad en la que se desarrolla la totalidad del volumen—. Si teme a partir de este punto la inclusión de largas divagaciones, extensos pasajes descriptivos o el desvanecimiento del hilo argumental, puede respirar con calma. César Pérez Gellida no pierde ni un segundo de la narración en disquisiciones banales, como certifica la presencia del primer cadáver en el mismo arranque de la historia. El relato mantiene la intensidad —sin atisbos de decadencia— desde el primer diálogo entre el inspector y el forense frente a la mesa de autopsias, donde yace el cuerpo mutilado de una joven ecuatoriana. Es este pasaje el que permite recabar los primeros datos sobre el modus operandi del asesino y, de paso, dar sentido al título de la trilogía.
 
Y es que las prácticas de Augusto Ledesma serán uno de los principales atractivos deMemento mori. Nada de engaños ni de apariencias: el narrador hace partícipes a los lectores del horrendo teatro erigido por el sociópata, no sólo en su capa externa, sino también en la psicología del personaje. Esta técnica no resta ni un ápice de emoción al conjunto; todo lo contrario, funciona como el mejor aliciente de la novela. La capacidad de Augusto para manejar los hilos de sus crímenes contrasta a cada paso con la acelerada lucha de Ramiro Sancho por resolver el puzle. Parte de este logro se debe también a la complejidad del carácter de Ledesma: cada escena protagonizada por su actividad moldea el mundo interior escondido entre las sombras, hasta el extremo de sentir, aunque sea de forma velada, cierta comprensión por el protagonista. Este juego, que conjuga las destrezas censurables con un perfil construido sobre la inteligencia y la dilatada cultura del asesino, se transforma en un cóctel atrayente del que el lector no puede prescindir, ni siquiera más allá de las últimas páginas.
 
Además de los aspectos esbozados hasta aquí es necesario reseñar el papel que desempeñan Armando Lopategui «Carapocha» —psicólogo criminalista— y Martina Corvo —doctora en Psicolingüística—. El primero arriba a la ciudad para dar una visión distinta del caso por su amplia experiencia en el estudio y tratamiento de asesinos en serie, lo que ayudará a dar algún que otro giro inesperado al asunto. Aun así, la personalidad de Lopategui es tan arrolladora que funciona por sí mismo como personaje, sin importar lo que aporte en el análisis de las pesquisas. Sus intervenciones son únicas, cargadas de ingenio —a veces con un cariz sarcástico—, e imprescindibles para el desarrollo de la trama. No sucede de la misma manera con Martina Corvo. Su formación universitaria para hallar mensajes cifrados en los poemas que Augusto deposita en sus víctimas no alcanza el nivel de las ideas apuntadas por «Carapocha», aunque sí añade el placer de desgranar la literatura como parte de las líneas de investigación.
 
Antes de poner fin a esta reseña es preciso recalcar el valor que adquiere la música dentro de Memento mori. El oscuro pasajero que camina dentro de Augusto Ledesma se nutre de una amplia banda sonora que identifica cada actuación de su negro historial. Desde Bunbury hasta The Cranberries, pasando por Love of Lesbian, Rammstein o Vetusta Morla, entre otros, el devenir de los acontecimientos está señalado por las letras de dichos intérpretes, diseminadas a lo largo del libro. Para el lector puede convertirse en una experiencia única si sabe ser paciente cuando las notas se desprenden de los hechos. Quizás haya quien piense que puede ser una distracción que se aparta del auténtico interés de la trama, pero no es así. Merece la pena detener el discurso y escuchar qué suena en la cabeza del protagonista para las reducidas coordenadas de su siniestro cosmos. El resultado es indescriptible.

Te odio tanto que yo mismo me espanto
de mi forma de odiar.
Deseo que, después que mueras,
no haya para ti un lugar.
El infierno es un cielo
comparado con tu alma.
Y que Dios me perdone
por desear que ni muerta tengas calma.
(Luis Demetrio, Bravo, versionada por Nacho Vegas y Bunbury)
 
El espectáculo ha comenzado.
 
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